Mil quinientos colones costó la micro que me llevaría de la Plaza de la Democracia hasta el Monte Pizote en San Ramón de Tres Ríos, donde el Festival Mundoloco ya debía de estar empezando.
El viaje se me hizo corto a pesar del mal olor de los dreads de los que al igual que yo habían pagado mil quinientos.
Llegamos a las 2 p.m. de ese sábado 15 de marzo, dos horas tarde. En la entrada a la finca, dos guardas de seguridad revisaban a los que hacían fila, mientras los que nos queríamos ahorrar la molestia de ver nuestros sándwich decomisados, pasábamos como Pedro por su casa.
Y así entré a un camino de lastre rodeado por naturaleza, un par de vacas y algo de neblina adornaban el ambiente, mientas que los parlantes de la radio 911 competían con el ruido del riachuelo que bordeaba la finca.
Doscientos metros más adelante otra entrada y otros dos guardas. Esta vez sí me obligaron a comerme los siete sándwich y a tomarme en pocos minutos lo que esperaba tomarme en las catorce horas del festival.
Adentro ya sonaba Amarillo, Cian y Magenta y las primeras tiendas de campaña ya habían sido instaladas.
El lugar, un potrero acogedor rodeado de árboles, tuvo nota 100, por lo menos esa fue la calificación que le dio Daniel Cuenca, el cantante de Sonámbulo, y el resto de personas con las que hablé.
Los diez mil metros cuadrados se fueron llenando poco a poco hasta albergar a seis mil almas, según estimaciones del productor del programa radial llamado Domuncolo y organizador del Festival Mundoloco, Bernal Monestel.
Esas seis mil almas pronto estaríamos muertas de frío, una molestia que debíamos soportar a cambio de gozar de los ritmos del mundo. Roots, flamenco, celta, electrónico, funk y las más ricas combinaciones entre estos.
Esas seis mil almas también tendríamos que hacer enormes filas para comprar tiquetes de cerveza, enormes filas para cambiar los tiquetes, enormes filas para comprar comida, y enormes filas para orinar en los odiosos servicios sanitarios móviles. Aunque algunos y algunas hicieron de los árboles un orinal.
Pero las filas en sí no fueron lo fastidioso, lo molesto fue que después de una hora, cuando logré llegar al puesto de tamales, ya no quedaban ni las boronas. Y de las cervezas ya ni quedaban rastros.
A las once de la noche, sin nada que tomar ni comer, no me quedó más que disfrutar, con hambre y sed, del ambiente. Un ambiente que olía a mota, sonaba a mundo y se veía artístico.
No faltaron los pintacaritas, los malabares con fuego, los malabares sin fuego, el equipo de capoeira, los bailes excéntricos y, un poco fuera de contexto, las chicas imperial.
“Esto dejó de ser un festival, para convertirse en un movimiento artístico” dijo Monestel, a quien se le quedaron cortas las expectativas.
Cuando Santos & Zurdo invadieron la tarima, yo estaba a punto de congelarme. El calor de un afogata gigante me devolvió la vida y volví al molote de gente que frente a la tarima clamaba por los más esperados: Steel Pulse, el histórico grupo inglés de reggae roots.
A la 1:30 de la madrugada salió cantando el rasta inglés, David Hinds, y con él salieron las últimas reservas de marihuana.
Y así como se fueron yendo los de Steel Pulse, así se fueron yendo la mayoría de asistentes y solo unos pocos quedamos escuchando a los grupos nacionales restantes: Parque en el espacio, Katharzys y Sonámbulo.
A las 4 a.m. ya yo iba saliendo. La presa de los carros que intentaban bajar el Monte Pizote parecía no tener intenciones de moverse. Así que caminé y caminé y caminé hasta encontrarme una micro que me cobró mil quinientos por regresarme a San José.
2 comentarios:
http://www.myspace.com/sonambulocr
Sonámbulo en myspace para los que no lo pudimos oir.
gracias!!!
Publicar un comentario en la entrada